El desperdicio de alimentos tiene dos grandes impactos climáticos. Primeramente, los alimentos que no son consumidos generan emisiones de gases de efecto invernadero cuando son incinerados o se someten a procesos de descomposición anaeróbica. Segundamente, el desperdicio alimentario implica la compra evitable de productos alimenticios que necesitan ser producidos, transportados y preservados. Por lo tanto, ayuntamientos como Portland (Estados Unidos) o Vitoria-Gasteiz han diseñado campañas para concienciar a la ciudadanía de consumir productos de una forma más ajustadas a sus necesidades reales.