Nuestra alimentación contribuye a la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) a través de diversos procesos: desde la deforestación a los modos de cultivo o crianza, además del procesado, transporte, conservación y gestión de los residuos. Las emisiones asociadas a la agricultura, silvicultura y cambio de usos del suelo (ASCU) constituyen un 22% de las emisiones globales de GEI (IPCC, 2022). Una de las contribuciones más importantes de este sector al cambio climático es la producción de cambios en el uso del suelo y la degradación de ecosistemas. Por ejemplo, con frecuencia la extensión de las explotaciones agrícolas supone deforestación o secado de humedales, lo cual supone una pérdida de capacidad de absorción de GEI en el planeta o la liberación de GEI almacenados en los ecosistemas.
Otros grandes protagonistas son el metano liberado por la digestión de los rumiantes en las explotaciones ganaderas y el óxido nitroso asociado a los fertilizantes naturales y sintéticos. Aunque no están incluidas en ese 22%, es destacable también el impacto producido por las largas cadenas de suministro globales, que requieren un uso intensivo de energía para el transporte y el almacenamiento de alimentos.
A nivel local existen múltiples formas de reducir las emisiones de GEI asociadas a las diferentes etapas del ciclo de vida de los productos alimentarios. Las corporaciones municipales pueden desplegar diversas políticas propias de su ámbito competencial, involucrando a múltiples actores locales (consumidores, productores, comedores escolares, restaurantes, distribuidores, etc.) y recurriendo a herramientas de apoyo económico, asesoramiento, concienciación, promoción comercial, organización de eventos, etc.
En nuestra lista encontrarás, entre otras cosas, medidas que ayudan a incrementar la producción y el consumo agroecológico local y a limitar la presencia de alimentos de alto impacto medioambiental. Además estas medidas pueden traer beneficios más allá de ayudar en la lucha contra el cambio climático. Entre otros impactos positivos, pueden impulsar sistemas agroalimentarios más saludables para la población general y más justos para las personas que participan en ellos, además de recuperar el acervo cultural local y tejer comunidad.
Referencias